Hay una culpa particular, casi religiosa, que sentimos cuando abandonamos un libro a la mitad. Como si el autor pudiera saberlo. Como si en algĆŗn lugar del mundo, un escritor sintiera un escalofrĆo cada vez que alguien deja su novela boca abajo en la mesa de luz y no la vuelve a abrir.
Nos enseñaron que terminar los libros es una virtud. Que empezar algo y no terminarlo es un defecto de carÔcter, una señal de pereza intelectual, una falta de respeto al autor que pasó años escribiendo lo que nosotros no somos capaces de leer en una semana. Pero ¿y si estamos equivocados? ¿Y si abandonar un libro fuera, en realidad, un acto de honestidad radical?
PensĆ©moslo asĆ: nadie se siente culpable por cambiar de canal. Nadie pide disculpas por irse de un restaurante donde la comida no le gustó. Nadie se queda dos horas mirando una pelĆcula que lo aburre solo porque ya pagó la entrada. Pero con los libros tenemos esta relación casi contractual, como si al abrir la primera pĆ”gina hubiĆ©ramos firmado un compromiso moral de llegar hasta la Ćŗltima.
La culpa, sospecho, viene de la escuela. De esa Ć©poca en la que los libros no se elegĆan sino que se asignaban, y no terminarlos tenĆa consecuencias reales: un uno, un llamado a los padres, la mirada decepcionada de una profesora de literatura que genuinamente creĆa que El Quijote podĆa cambiarle la vida a un adolescente de trece aƱos que solo querĆa jugar al fĆŗtbol.
Pero ya no estamos en la escuela. Y sin embargo seguimos cargando esa mochila invisible que nos dice que abandonar un libro es fracasar.
Yo propongo lo contrario. Propongo que abandonar un libro es un acto de autoconocimiento. Cada libro que dejamos a la mitad nos enseƱa algo sobre nosotros mismos: quĆ© nos aburre, quĆ© no nos interesa, quĆ© tipo de historias ya no necesitamos. Un libro abandonado es una brĆŗjula que dice “por acĆ” no”.
Umberto Eco tenĆa una teorĆa sobre los libros no leĆdos. DecĆa que la biblioteca personal de alguien deberĆa estar compuesta principalmente por libros que no ha leĆdo, porque esos libros representan todo lo que todavĆa no sabe. A mĆ me gusta extender esa idea: los libros abandonados tambiĆ©n tienen valor. Representan los caminos que exploramos y decidimos no seguir. Son los borradores de nuestro gusto literario.
He aquĆ mi confesión: he abandonado mĆ”s libros de los que he terminado. Y no me avergüenzo. AbandonĆ© a Proust en la pĆ”gina 200, a Joyce en la 50, a Musil antes del primer capĆtulo. TambiĆ©n abandonĆ© bestsellers que todo el mundo recomendaba, clĆ”sicos que supuestamente debĆa leer, y al menos tres libros de autoayuda que prometĆan cambiarme la vida en veintiĆŗn dĆas.
ĀæSignifica eso que son malos libros? No. Significa que no eran para mĆ. No en ese momento. Tal vez no nunca. La compatibilidad entre un lector y un libro es tan misteriosa e impredecible como la compatibilidad entre dos personas. A veces funciona y no sabĆ©s por quĆ©. A veces no funciona y tampoco.
Hay quienes dicen que un libro hay que darle al menos cien pĆ”ginas antes de abandonarlo. Otros dicen cincuenta. Algunos, mĆ”s radicales, dicen que basta con la primera frase. Yo digo que no hay reglas. Que a veces un libro te atrapa en la primera lĆnea y te pierde en la pĆ”gina trescientos. Que a veces un libro te aburre durante doscientas pĆ”ginas y de repente, en un pĆ”rrafo cualquiera de un martes cualquiera, algo hace clic y no podĆ©s soltarlo.
El Ćŗnico crimen literario verdadero no es abandonar un libro. Es seguir leyendo uno que no te dice nada solo porque alguien te dijo que deberĆas. Porque ese tiempo que pasĆ”s obligĆ”ndote a leer algo que no te interesa es tiempo que podrĆas estar dedicando a descubrir el libro que sĆ va a cambiarte la vida. O al menos la tarde.
Asà que la próxima vez que dejes un libro a la mitad, no sientas culpa. Sentà gratitud. Ese libro hizo su trabajo: te mostró que necesitÔs buscar en otro lado. Y eso, aunque no lo parezca, es una forma de lectura.
Borges decĆa que de los diversos instrumentos del hombre, el mĆ”s asombroso es el libro. Yo agregarĆa: de las diversas formas de leer, la mĆ”s valiente es saber cuĆ”ndo parar.
