Martín descubrió su don a los once años, cuando cerró un libro antes de la última página y supo, con una certeza que no podía explicar, exactamente cómo terminaba la historia.
Al principio creyó que era intuición. Todos los libros de aventuras terminan con el héroe victorioso, se dijo. Todos los romances, con un beso o con una carta. Pero después empezó a acertar los detalles: el color del vestido de la protagonista en la escena final, la frase exacta que pronunciaba el villano antes de caer, el nombre del perro que aparecía en el último párrafo sin haber sido mencionado antes.
A los quince ya no leía libros enteros. Le bastaba con leer las primeras tres páginas para saber cómo terminaban. A veces incluso bastaba con tocar la portada.
Su madre lo llevó a un psicólogo que le diagnosticó “pensamiento mágico” y le recetó unas pastillas que Martín nunca tomó. Su padre, más práctico, le sugirió que se dedicara a las apuestas deportivas. Pero Martín no podía predecir partidos de fútbol ni números de lotería. Su don era estrictamente narrativo.
A los veinte empezó a coleccionar finales. Tenía un cuaderno de tapas negras donde anotaba, con letra diminuta, los desenlaces de libros que aún no habían sido escritos. “La novela que publicará Carmen Balcells en 2031 termina con un incendio en una biblioteca donde solo sobrevive un libro de cocina.” “El cuento que Rodrigo Fresán escribirá en un bar de Barcelona una noche de lluvia termina con la frase: ‘y entonces el mar se olvidó de ser azul’.”
Los amigos que le quedaban — pocos, porque nadie quiere cenar con alguien que te cuenta el final de la serie que estás viendo — le preguntaban si no le aburría vivir así, sabiendo siempre cómo termina todo.
Martín les decía que no. Que saber el final no arruina nada. Que el placer está en el camino, en las palabras que eligen los autores para llegar al punto que él ya conoce. Dos escritores pueden tener el mismo final y escribir historias completamente distintas. El final es solo una coordenada. Lo que importa es el mapa.
Pero mentía.
La verdad es que Martín estaba desesperado por encontrar un libro cuyo final no pudiera predecir. Había recorrido librerías de viejo en Buenos Aires, ferias del libro en Frankfurt, mercados de pulgas en Tokio. Había leído manuscritos inéditos, diarios personales, fanfictions anónimas, manuales de instrucciones de electrodomésticos descontinuados. Siempre sabía cómo terminaban.
Hasta que un jueves de octubre encontró, en una caja de cartón mojada en San Telmo, un libro sin título, sin autor, sin editorial. Las páginas estaban amarillas pero la tinta era negra y firme. Tocó la portada. Nada. Leyó las primeras tres páginas. Nada. Leyó diez páginas más. Seguía sin saber.
Martín se sentó en el cordón de la vereda y lloró de alegría.
Leyó el libro entero esa noche, despacio, saboreando cada frase como quien come el último plato de su restaurante favorito antes de que cierre para siempre. La historia era sobre un hombre que coleccionaba comienzos — primeras frases de novelas que nunca serían escritas. Los dos, el personaje y Martín, eran coleccionistas de fragmentos. Los dos buscaban en la literatura algo que la vida no les daba: sorpresa.
La última página del libro estaba en blanco.
Martín la miró durante mucho tiempo. Después sacó su cuaderno de tapas negras, arrancó todas las hojas escritas, y en la primera página vacía escribió:
“Érase una vez un hombre que no sabía cómo terminaba su propia historia.”
Era la primera vez que escribía un comienzo.
Y fue, también, el mejor final que había encontrado en su vida.
