Primero, elegí un lugar donde nadie te escuche.
No porque sea un secreto,
sino porque las palabras leídas en voz alta
son animales tímidos
que necesitan silencio para aparecer.
Después, respirá hondo.
No como en el yoga,
sino como antes de tirarte al agua
desde una roca que te da un poco de miedo.
Ahora leé.
Despacio, como si las palabras fueran uvas
y tuvieras que sentir cada una
reventando entre la lengua y el paladar.
No te saltees las comas.
Las comas son los bancos de plaza del texto:
están ahí para que te sientes un momento
y mires alrededor
antes de seguir caminando.
Los puntos, en cambio, son semáforos en rojo.
Pará. Mirá el paisaje que dejaste atrás.
Respirá de nuevo.
Si una frase te emociona,
repetila.
Las frases buenas mejoran con la repetición,
como las canciones que cantamos en la ducha
o los nombres de las personas que amamos.
Si una frase no te dice nada,
seguí de largo.
No todas las palabras son para todos.
A veces un texto entero existe
solo para que una sola línea
le llegue a una sola persona
en un solo momento de su vida.
Y cuando termines,
cerrá el libro con cuidado.
Adentro queda un eco
que va a seguir sonando
mucho después de que te vayas.
